El intelectual que más ha hecho por recuperar la noción de ideología en las últimas décadas, el lingüista Teun van Dijk, expresa que se trata posiblemente de la noción más huidiza de las ciencias sociales. La palabra ideología está en boca de todos. Unos la defienden orgullosos, otros la denuncian en el adversario, y unos pocos escritores e intelectuales se proclaman a salvo del influjo de algo que, para bien o para mal, ha estado en el centro del debate cultural, social y político desde hace más de dos siglos. Ni siquiera existe en el debate público un consenso sobre qué se entiende por ideología, mientras que en la discusión académica los estudios sobre la ideología son sospechosos a su vez de incurrir en sesgos ideológicos… Toda una feria de la confusión.

Y sin embargo, la palabra ideología nació con un fin preciso: el de designar una ciencia de las ideas. Su artífice fue el ilustrado liberal francés Antoine-Louis-Claude Destutt, marqués de Tracy. Había intuido el concepto de ideología durante la Revolución Francesa (1789), a la que se adhirió como miembro del sector político liberal. Preso durante largos meses en el periodo del Terror, empleó el tiempo en estudiar la obra de los empiristas Condillac y Locke. Su propósito, fundamentar una acción moral y política que, sobre bases científicas, sustituyese a la religión tradicional y al irracionalismo que, en su opinión, arrastraba a las corrientes que confluían y entrechocaban en el periodo revolucionario. Es llamativo que de un término que, con el tiempo, ha resultado ser tan controvertido y difuso, se pueda fijar incluso la fecha de acuñación: el 20 de junio de 1796.
Tracy consagró toda su vida al desarrollo de la ideología, en un voluminoso tratado que fue publicando por partes. El empirismo aportó a su proyecto la noción de que la mente humana conoce la realidad a través de las sensaciones, que se imprimen en ella como ideas. A consecuencia de estas impresiones y conocimientos, el ser humano quiere, y este querer, esta voluntad, es la causa de sus acciones. La voluntad tiene necesidades y medios, y por lo tanto derechos y deberes. Así que sobre las sensaciones y la voluntad, que Destutt de Tracy designa como los hechos psicológicos básicos, se alza el derecho. El primero de los derechos será la propiedad, pues las sensaciones y la voluntad son cosas que, según sostiene Destutt de Tracy, se tienen, es decir, propiedades. La defensa de la propiedad por Destutt de Tracy se sostiene, pues, sobre una dudosa metáfora ontológica, la identificación de fenómenos mentales con objetos susceptibles de ser poseídos.
Durante unos años, Destutt de Tracy pudo difundir su propuesta liberal, hasta que Napoleón, que en principio simpatizó con las propuestas de los científicos sociales del Instituto de Francia, estableció una nueva alianza con la religiosidad. El liberalismo, el republicanismo y el materialismo implícitos en la noción de ideología chocaban con el nuevo autoritarismo. Es posible que fuera el propio Napoleón quien acuñó el término ideólogo, con intención peyorativa, para referirse a los científicos del Instituto de Francia. Se tiñó entonces el término de una connotación negativa que ha persistido hasta nuestros días.
La ideología o ciencia de las ideas englobaba en su origen disciplinas que hoy
conocemos con otros nombres más precisos, como psicología, lógica y lingüística. El término ideología quizás habría sido una mera anécdota en la historia de la ciencia si, a mediados del siglo XIX, Marx y Engels no lo hubieran recuperado en su obra La ideología alemana. Este breve ensayo, en el que apenas si se esboza una teoría, se convirtió por su carácter programático en piedra de toque de los proyectos políticos marxistas. El objetivo de Marx y Engels era criticar el idealismo alemán, el neohegelianismo, al que acusaba de querer explicar la realidad por las meras ideas, sin atender a los hechos sociales y económicos. Marx y Engels, queriendo colocar de nuevo al hombre sobre sus pies, viajarán al extremo opuesto, pretendiendo explicarlo todo por fuerzas sociales y económicas.
Filósofos, sociólogos y lingüistas han señalado la incongruencia de una teoría que se sitúa a sí misma a salvo del determinismo que señala y que agrupa las fuerzas sociales y económicas en una sola ley causal. Porque si toda la cultura está determinada por las estructuras sociales y económicas, entonces también la propia ciencia marxista debería estarlo. El objetivo de su teoría será liberar al hombre sin posesiones, al proletario, de las ensoñaciones ideológicas. El primer paso será la satisfacción de las necesidades biológicas, pues, tal como argumentan Marx y Engels, éste es el requisito para que el hombre se halle en condiciones de hacer historia.
No hay en el ensayo de Marx y Engels una sola mención al tratado de Destutt de Tracy, pero puede subrayarse el drástico basculamiento que la noción de ideología experimenta en medio siglo. Donde Destutt de Tracy atendía a los hechos psicológicos, Marx y Engels atenderán a la sociedad y la economía. Donde Destutt de Tracy defiende la propiedad, Marx y Engels abogarán por su abolición, en línea con el proyecto comunista. Si Destutt de Tracy tiende a aislar al hombre de su contexto social, Marx y Engels no consideran la voluntad. Para Marx y Engels, la sociedad y la economía son las estructuras que determinan todos los hechos culturales, las superestructuras. La relación entre estructuras y superestructuras, es decir, entre sociedad y economía, por un lado, y cultura, por el otro, es determinista. Y sin embargo, ambas propuestas compartían un mismo credo empirista: la creencia de que la mente refleja de algún modo la realidad. En la base de la voluntad humana, para Destutt de Tracy, hay un organismo que recibe del entorno impresiones que no están mediadas por la sociedad y la economía. En la base del conocimiento humano, para Marx y Engels, hay un organismo que recibe impresiones determinadas por la estructura social y económica.

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Dos siglos después, somos, en algunos aspectos, herederos de esta tensión entre dos visiones reduccionistas del ser humano, basadas en antropologías abstractivas: la que tiende a aislar al individuo de su contexto social, y la que tiende a ignorar la voluntad y los deseos. Aunque ya en la década de 1920, el lingüista ruso Valentín Voloshinov reformuló por completo la teoría de las ideologías marxista, sus ideas fueron desestimadas en su tiempo. Su teoría, que hoy se está revisando en profundidad, sería difundida internacionalmente en el último tercio del siglo XX bajo el nombre del filólogo Mijaíl Bajtín. No ha sido hasta las puertas mismas del siglo XXI cuando el debate se ha retomado con nuevo vigor. La palabra ideología se ha convertido, en la política, en un chicle que se mastica y que, al tiempo que pierde sabor, cada vez explica menos. En la lingüística, es útil para explicar algún tipo de influencia de las estructuras sociales y económicas sobre el lenguaje y el pensamiento. Pero influencia no es determinación. La ideología, entendida como este factor, esta presión social y económica, es incapaz de explicar ni el lenguaje ni el pensamiento. ¿Cómo, si no, podríamos comunicarnos personas con distintas funciones sociales, de grupos sociales y filiaciones diferentes? ¿Cómo distinguimos lo verdadero de lo falso? ¿Cómo es posible que dialoguemos y debatamos, siendo tan distintos?
Nota: en Diálogo y valoración, los fenómenos valorativos apuntan a una nueva definición de ideología. No se trata de un mero sistema de ideas o de ideales (propiamente, una axiología, una ontología, una taxonomía…), ni de un juego de todo o nada. La hipótesis axiológica identifica la ideología como un proceso de restricción grupal del diálogo y la valoración, cuyas versiones extremas son los sistemas totalitarios y la guerra.
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