«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.»
Toda narración tiene sus detractores, pero yo no soy uno de los detractores de Cien años de soledad. La he leído varias veces, separadas por varios años, y siempre la he disfrutado. Un estilo sonoro, de palabra bien templada; imágenes desbordantes, que algún lector ha calificado de tropicales; un desarrollo fluido, que, como nuestro mismo pensamiento, salta en el tiempo de adelante atrás y de atrás adelante, entre la memoria y el deseo.
El escritor y crítico feroz Manuel García Viñó argumentaba que Cien años de soledad no es propiamente una novela. Género moderno, la novela, al menos desde los relatos de Chaucer y Boccaccio, se basa en conflictos éticos y sociales que tienen como centro la conciencia individual. Explicaba que más bien pertenecería a la estirpe de las narraciones medievales de lo maravilloso. En el argumento de Cien años de soledad, la aventura colectiva apaga las individuales, y los personajes se definen más por sus características y su posición en la comunidad que por la proyección de su vida interior sobre los actos y la realidad.
La etiqueta “realismo mágico” es una etiqueta. Pienso que lo que eleva esta obra deliciosa es esa atmósfera de descubrimiento de un narrador que bebe de una tradición oral y popular: cuando éramos niños y todo era mágico alrededor. Es la conciencia individual no de un adulto, sino de un niño con los ojos muy abiertos. Gabriel García Márquez supo como nadie dar forma a esa vivencia y a ese deslumbramiento de los primeros años. En los varios meses de gestación fecunda de su narración, fue inspirado por toda una imaginaria tradición familiar y comunitaria, la de la familia Buendía y el pueblo de Macondo.
En manos de otro escritor, que convierta en fórmula la vivencia, el realismo mágico puede degenerar con facilidad en un género efectista. Gabriel García Márquez logró, con su voz, una obra en la que el sonido y las imágenes son estallidos de veracidad y belleza.

