En la tradición filosófica dualista de Platón y Descartes, la verdad es tomada como un objeto ideal. Para Platón (427-347 a.C.), este objeto ideal, estático y absoluto, se alcanzaba mediante la pura especulación, no observando los fenómenos y sus relaciones, ni reflexionando sobre el lenguaje, sino mediante una iluminación infusa, contraria al método científico y al diálogo racional. Ésta es su propuesta recogida en el famoso mito de la caverna, del que a veces nos quedamos con la única parte que resulta convincente: que las apariencias pueden ser engañosas. Para Descartes (1596-1650), dos mil años después, el objeto ideal se alcanzaba mediante operaciones mecánicas de tipo lógico y matemático. Una vez que se creía haberlo alcanzado mediante reglas precisas, este objeto se tornaba indiscutible. Pensemos en el efecto peligroso de esta pretensión de verdad absoluta cuando afecta a las relaciones sociales y a la política.
Verdad es un sustantivo. Desde el punto de vista de la lingüística actual, es una metáfora ontológica: conceptualizamos propiedades de las cosas y los textos como si fueran una cosa, una entidad, es decir, una sustancia. Esta operación conceptual se produce mediante la conversión de adjetivos (texto verdadero, el adjetivo vero en latín) en sustantivos (la verdad, el sustantivo veritas en latín). Así que, en su sentido propio, atendiendo al fenómeno, la verdad es una propiedad de los textos y una acción o propósito de los autores de los textos, pues buscamos saber.
William James, en su ensayo Concepción de la verdad según el pragmatismo (1906):
“En el reino de los procesos de la verdad, los hechos se dan independientemente y determinan provisionalmente nuestras creencias. Pero estas creencias nos hacen actuar y, tan pronto como lo hacen, descubren u originan nuevos hechos que, consiguientemente, vuelven a determinar las creencias”.
Hoy día, el panorama es mucho más complejo, porque sabemos que en el proceso de aprendizaje otros factores condicionan potencialmente nuestro conocimiento, como las teorías previas y los mediadores institucionales y de otros tipos. También otros valores o modelos mentales, además de los epistémicos, se activan en el aprendizaje: valores sociales, éticos, estéticos…
Hoy sabemos que ningún enunciado reproduce la realidad misma, que no la copia, sino que es el resultado de una transformación semiótica, cuyo fin es hacerla comprensible para un interlocutor. Y, aun así, una cuestión es describir un estado de cosas, otra es explicar las causas que lo han producido, y otra aventurar las consecuencias futuras de las causas originales y de nuestros propios textos. Descripción, origen y predicción. El ahora, el antes y el después. El ideal no se alcanza, porque no existe más que en nuestra mente, donde es un esquema mental tan precario como intencional sobre una base neuronal. La verdad es un ideal motivador, inspirador y dinámico, no un objeto estático. Tenemos textos verdaderos, aproximaciones parciales a la realidad y a la verdad, no una verdad inmutable y absoluta.
La verdad es más bien un permanente proceso de búsqueda, un aprendizaje. Ésta es quizás la aportación más importante de los pioneros de la filosofía pragmática, como Charles Sanders Peirce, William James y John Dewey.
José Marzo es novelista y autor de relatos.
Doctor en ciencia del lenguaje, es autor de Diálogo y valoración


