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Suena el despertador a las 7 a.m.
como cada día,
aunque ya decidiste que hoy
te quedarías en casa teletrabajando.
El humo de la cafetera,
el olor, la taza caliente
entre las manos
cuando aún es oscuro fuera y una lluvia mansa
resuena en los canalones.
Atender al primer cliente sin dejar
de navegar en el ordenador,
el teléfono en la oreja,
la mirada en no sé qué tontería
publicada en Instagram.
Veinte clientes en una mañana es
un buen promedio que justifica el salario.
No le he entendido bien.
Puede comprarlo con confianza, le facilitamos
el derecho de desistimiento.
Beatriz en camisón.
¿Por qué no me has despertado antes?
Un beso, el pelo recién lavado
huele a manzana.
No sé cómo puedes trabajar sin música.
Sin música, Beatriz no vive,
la música la ampara, mece
sus pensamientos y apacigua su mirada.
Mira por la ventana, en la calle
nada que ver, sólo la lluvia
reflejando el sol opaco en las aceras.
Vuelve a sonar el teléfono y repites
las condiciones de la oferta.
Beatriz a un año luz de ti.
En otro siglo, se habría sentado en tus rodillas y
te habría ofrecido sus labios y sus pupilas.
¿Será esto el amor y aquello sólo deseo?
Me cambio y salgo a correr, dice él.
¿Lloviendo? contesta ella.
Apenas si hay tráfico en esta ciudad
dormitorio.
Las zapatillas, muy usadas, con los cordones bien atados
y el chubasquero.
Pasas junto a la valla de un colegio
en la hora del recreo,
pero el patio está vacío, niños en el aula,
la punta de la nariz en el cristal empañado.
El aire en los pulmones, sólo
el sonido de tu respiración,
la tensión y el calor de la sangre
en tus oídos y
un cielo protector de nubes de un gris
oscuro y sentir de pronto que eres
casi nada, poco más que cero,
apenas un átomo en un planeta
que gira sobre sí mismo a una
velocidad
de vértigo.
// José Marzo, febrero de 2026

