Imagen: la Asamblea General de las Naciones Unidas
ratificó la Declaración Universal de Derechos Humanos
en París el 10 de diciembre de 1948.
Pienso que, en torno a las revisiones de la obra de Jürgen Habermas (1929-2026), recientemente fallecido, se ha extendido un malentendido. La comprensión y el consenso son procesos muy distintos.
La comprensión es un proceso lingüístico y semiótico básico. Comprendo lo que me dices, aunque no esté de acuerdo contigo. Te comprendo también cuando narras una ficción. O cuando cuentas un chiste, aunque sea un chiste que considere ofensivo. Esta comprensión es aproximada.
El consenso, que es un fin epistémico, fue introducido en la filosofía de la ciencia por el fundador de la pragmática, Charles Sanders Peirce (1839-1914): busco persuadirte, de modo que en las actividades filosóficas y científicas siempre hay una orientación al consenso, un consenso intencional. Sin embargo, en un mundo complejo y cambiante, que nosotros mismos modificamos en nuestro entorno inmediato cultural, todo consenso es provisional. La búsqueda de la verdad está siempre abierta, la verdad es un horizonte que nunca se alcanza. Toda verdad es falsable (Karl Popper). Ningún acuerdo puede suspender el proceso de búsqueda de la verdad.
Jürgen Habermas introdujo con decisión el ideal epistémico del consenso en la política. Sin embargo, es discutible que los consensos políticos se establezcan sobre la base de una verdad, siquiera provisional, o en cualquier caso sólo sobre la base de una verdad. Cuestiones como la eutanasia o el aborto no pueden decidirse tan sólo sobre un consenso epistémico. La filósofa Isabel Gamero señaló esta laguna como “la paradoja de Habermas”. Para los politólogos Philippe Schmitter y Terry Karl, “el desafío no reside tanto en encontrar un conjunto de objetivos que gocen de un amplio consenso, sino en encontrar un conjunto de reglas que incorporen un consentimiento contingente. (…) Una vez acordadas las reglas del consentimiento contingente, es probable que la variación real se mantenga dentro de un rango predecible y generalmente aceptado.”
Bien y Verdad son esferas de valor complementarias, pero distintas. En la esfera del bien, hay un juego entre la moral, como norma social, y la conducta ética, pues los individuos valoramos nuestra situación y orientamos nuestros actos al bien (y a veces al mal, que es su polo negativo). En la práctica política, las decisiones consensuadas son más bien preferencias mayoritarias que se alcanzan mediante la deliberación pública y tensiones entre partidos, mediante la negociación y las concesiones, y que, en última instancia, remiten a modelos o valores más amplios y flexibles. En mi opinión, estos valores o modelos dinámicos son la Semejanza y la Autonomía, que no son idealizaciones, sino los principios activos del diálogo y la pragmática, fuente de la cultura humanista. En el derecho internacional y las democracias liberales, estos principios de valor se lexicalizan como igualdad y libertad.
Hipótesis axiológica: El lenguaje es un proceso
semiótico interaccional normalizado por dos
principios de valor: Semejanza y Autonomía.
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