Un malentendido en el debate público actual es la confusión entre la ciencia, que es la búsqueda metódica de la verdad, y la tecnociencia, en la que prevalecen otros fines. En esta segunda etiqueta, caben todos aquellos desarrollos técnicos que, vinculados a un cierto conocimiento de la realidad, se orientan principalmente a fines distintos de la verdad.
La biología es una ciencia que aporta conocimiento sobre los seres vivos, la medicina es una tecnociencia orientada a la salud. Las ciencias cognitivas y las neurociencias exploran el cerebro y la base neuronal de la conducta y el aprendizaje; la pedagogía se orienta a la educación. La física aporta conocimiento sobre el comportamiento de los elementos diminutos y los enormes objetos celestes del cosmos; la industria militar y aeroespacial desarrolla armas y satélites. Los científicos del lenguaje y semiólogos exploramos el origen, producción y comprensión de significados; los ingenieros generativos producen robots. Cambian los fines o valores prevalentes: la ciencia busca la verdad, mientras que las tecnociencias construyen estrategias y artefactos orientados a otras actividades y fines o modelos, que también son valores.
Ciencia y tecnociencia están solapadas. Los científicos suelen ser conscientes de los posibles desarrollos futuros de sus hallazgos, los tecnocientíficos siempre deberían tener en cuenta el fundamento epistémico de sus técnicas. Comparten en la mayoría de los casos un terreno común, pero conviene no confundirlas. La ciencia, idealmente, sólo está condicionada por nuestras teorías previas, los recursos materiales e instrumentos de la investigación y por nuestras propias capacidades, pero se esfuerza por subordinar los intereses personales y de grupo a la búsqueda de la verdad. Los desarrollos de la tecnociencia suelen estar mediados por estructuras no científicas. En muchos casos, estos grupos y estructuras son los que encargan y financian las investigaciones. La medicina, entre otros factores, puede estar mediada, para bien y para mal, por los recursos y estrategias de salud pública y por la industria farmacéutica; la pedagogía, por las estructuras socioeconómicas, religiosas y partidistas; el desarrollo de armamento y satélites, por los ejércitos y la geoestrategia; los desarrollos de máquinas generativas, por empresas informáticas y por las propias instituciones estatales.
Las verdades científicas, que se alcanzan por consenso académico, son falsables. Eso implica que la discusión académica prosigue y está abierta. Con mayor motivo es revisable una solución tecnocientífica, pues sus posibles efectos no previstos también deben ser introducidos en las nuevas investigaciones. Hacer pasar una solución técnica o una estrategia por la verdad misma, por la Verdad, una verdad absoluta, no es ni siquiera falsable, sino que es faltar a la verdad.
(jm, 19 de abril de 2026)

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