(relato)
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El corto vídeo se borró años antes por accidente: Olga recostada en el cabecero de la cama, la sábana por la cintura, los pechos al descubierto; fuma y mira a la cámara con insolencia.
A última hora de la tarde, de regreso del trabajo, Fran encontró la cancela de la finca abierta y, junto a la tapia, aquel viejo y extravagante coche estampado con flores. Entró conduciendo muy despacio la furgoneta, extrañado. Los dos perros, atados a sendos postes, le miraban lastimeros junto a sus casetas y agitaban la cola. Enseguida recordó al propietario del coche, un tipo larguirucho y fibroso al que en el pueblo cercano llamaban el Holandés. ¿Qué hacía su coche allí, a la entrada de la casa? Fran se apeó de la furgoneta con una presión en los oídos y un calambre en la boca del estómago. Alzó la cabeza instintivamente hacia la ventana iluminada del dormitorio. La cortina estaba echada. Una silueta se dibujó en las cortinas, pareció agacharse y luego desapareció.
Se acercó un instante a los perros, como un autómata que repite gestos programados. Uno de los perros le lamió la mano; les acarició la cabeza y luego caminó hasta la entrada de la casa. Se sentía torpe, como si las articulaciones de las piernas estuviesen a punto de claudicar. Un temblor en las rodillas. Apenas si acertó a introducir la llave en la cerradura. El bombín no estaba ajustado. Había que meter la llave y luego sacarla poco a poco mientras se probaba a girar una y otra vez, hasta que, acertándose con el juego, la cerradura obedecía. Esta vez le costó aún más que de costumbre. No había nadie en el recibidor ni en el salón. Pisó con cuidado para no hacer ruido, como si temiera molestar. Se quitó la chaqueta, pero no se descalzó. El desorden de siempre en el salón: ropa en una silla, alguna lata de cerveza en la mesa, dos pares de zapatillas deportivas junto a una lámpara de pie, una caja de herramientas abierta… En el suelo, una bolsa de plástico blanca, vacía.
Quizás había ruido en la planta de arriba, música. Una canción de Led Zeppelin. Pero no oía nada. Se quedó parado ante la escalera, indeciso, y contó los peldaños. No oía la música. Al llegar con la mirada al décimo peldaño, al descansillo, donde la escalera giraba, volvió a imaginar el vídeo. Olga da una calada al cigarrillo, sin dejar de mirar a Fran. Sostiene la mirada. Luego ladea la cabeza y expulsa el humo hacia la ventana abierta.
Se vinieron a vivir a la urbanización tres años antes. Era una buena idea. Por menos que el alquiler de un apartamento pequeño en Madrid, podrían disponer de una casa amplia en una finca, aparcamiento para la furgoneta y un trastero para las herramientas de trabajo, espacio para los perros. A los dos les encantaban los perros. Visitaron una perrera y se llevaron dos preciosos cachorros. Olga sosteniendo un cachorro en sus brazos, pura ternura.
¿Cuándo empezó a joderse nuestra vida, amor?
Pintaron todas las paredes de la casa. Un verdadero parchís de colores. Los dos con monos de trabajo y gorras de visera, las caras y las manos salpicadas de pintura de colores. La cocina, rojo fuego, igual que el dormitorio principal; el recibidor, verde; el salón, azul; la escalera y los servicios, amarillo; el resto de la casa, un blanco sucio, ahuesado, con brochazos de colores aquí y allá. Fran adoraba esa espontaneidad de Olga. “Aquí falta algo de rojo”, o algo de azul o de verde, y dibujaba, con cuatro brochazos, la silueta de un barco, un pájaro o un pez, un árbol, lo primero que le venía a la cabeza. Se abrazaban y besaban al empezar y al acabar cada pared, se quitaban la ropa y hacían el amor en el suelo y de pie en el vano de las puertas, y volvían a vestirse, a pintar y a besarse. Te quiero tanto…
“Te quiero mucho”. La besaba en los párpados y en la punta de la nariz, mientras la abrazaba de noche en la cama.
“Quiero tener dos niños”, decía Olga.
“¿Dos?” consentía él.
“O tres”, le sonreía ella.
Fran se sentó en el sofá y recostó la cabeza en el respaldo mullido. Se había sentado con cuidado, como quien intenta no arrugar la tela del asiento. Miró hacia el techo. Sobre el salón se encontraba el dormitorio principal. No se oía ningún ruido, pero debía estar sonando el disco de Led Zeppelin. Había recogido del suelo la bolsa de plástico y hundió un dedo en ella, estirando y estirando el plástico, hundiendo el dedo con fuerza, hasta que se abrió un agujero. Luego perforó otra parte de la bolsa, y otra. Se vio a sí mismo poniéndose en pie y caminando de un extremo a otro del salón, a zancadas, nervioso y con los músculos en tensión, pero seguía sentado.
“Me aburro”, le dice Olga, luego se lleva el cigarrillo a los labios. Ni un instante aparta la mirada de la cámara. Sus ojos son impenetrables. Qué estará pensando.
Durante un tiempo, salían juntos por las mañanas en la furgoneta. Fran la dejaba en la estación de tren de Azuqueca y seguía ruta hacia la casa que estuviera reformando, por lo normal en Alcalá de Henares o en otras localidades del este de Madrid. Calculaba su horario en función del de Olga y, por la tarde, pasaba a recogerla en la misma estación. Cantaban durante el trayecto de vuelta en la furgoneta. Olga tenía esa manera suya de cantar con los ojos cerrados, histriónica y divertida, agitando la melena.
Le pareció oír un ruido, quizás un crujido. Miró alrededor. No podía identificar el origen. Quizás en la planta de arriba. Se puso en pie y fue a la cocina. Había algunos platos sucios en el fregadero con restos de salsa de tomate. En la encimera, un cuchillo y migas de pan. Un hilo de agua caía del grifo sobre uno de los platos, el agua se deslizaba silenciosa por el sumidero. Cerró el grifo. La mesa de la cocina, contra la pared, estaba llena de briks de leche y latas de conservas. En qué estúpido momento empezaron a utilizarla como despensa. Había, pegada a ella, una trona, uno de esos asientos altos para que los bebés se sienten a la mesa como los mayores. Olga la había recogido de un punto limpio municipal. “Para un momento”, le decía Olga cuando, en un trayecto en coche, veía en un punto limpio algún objeto que mereciera reciclarse: un espejo, una silla, una mesa. Restauraba los muebles y los vendía por internet. No estaba seguro de si la trona la recogió antes o después de sufrir el primer aborto. Estuvo bastantes días en el porche, a la intemperie. Luego la desinfectó con agua oxigenada y la pintó de amarillo. Quedó estupenda, como nueva, pero Olga no debió de encontrar compradores para ella. Tampoco estaba seguro de si aquel video de Olga en la cama era de antes de mudarse a esta casa o si ya se había tomado aquí, en el cuarto de arriba. Pero era la misma cama, de eso estaba seguro; la habían traído desmontada de su primer apartamento de alquiler.
El desastre empezó cuando Olga perdió el empleo en el centro comercial. Dejaron de despedirse y reencontrarse a diario en la estación de tren de Azuqueca. Olga trabajaba desde casa dando conversación a ancianos que vivían solos, o vendía seguros por teléfono… y entonces vino todo lo demás: las discusiones, los abortos, los desencuentros, los gritos, los malentendidos, las sospechas. Olga se compró de segunda mano una moto de baja cilindrada, con la que en sus horas libres iba al pueblo, o a la estación de Azuqueca, donde a veces tomaba el tren hasta Madrid para ver a sus amigas. Ella y Fran hablaban por teléfono, cuando pasaban hasta dos y tres días sin verse y se decían que el amor se prueba en la distancia.
El Holandés no era nadie. Por eso mismo. Era tan sólo un tipo que deambulaba por el pueblo y la urbanización en un coche estampado con flores. Ofrecía servicios de electricista y reparación de electrodomésticos, o eso decía. También Fran era electricista. Sin el coche floreado, ni siquiera habrían reparado en él.
Regresó al salón y, al pasar junto a la escalera, se giró hacia ella. ¿Subo? Tan sólo el hecho de pensarlo hizo que le volvieran a temblar las piernas. El mismo hormigueo, como un vértigo que le recorría de los pies a la cabeza, subiéndole por la columna vertebral. Qué esperaba encontrar en el dormitorio. Olga tumbada en la cama, mirándole con un cigarrillo en la mano, mirándole a él, que sujetaba por el pomo la puerta abierta. El Holandés de pie junto a la cama, abotonándose la camisa y metiéndosela por el pantalón, centrado en estos gestos sencillos como si el mundo no existiera alrededor. Olga mirando hacia Fran, mirándole con ojos negros sin brillo ni expresión. Como si atravesase con la mirada su cuerpo invisible.
¿Me estaré volviendo loco? Sentía frío en la nunca. Pensó en sentarse un instante en el primer peldaño de la escalera, pero una voz le hizo volver la mirada hacia el salón.
“¿Te importa que fume?”
El Holandés estaba sentado en el sofá y le miraba. Se encendió un cigarrillo, dio una profunda chupada y expulsó el humo hacia el techo, con parsimonia. Contempló con placer el cigarrillo, prendido entre dos dedos. Sostenía, en la otra mano, la lata de cerveza vacía, para utilizarla como cenicero. Luego el Holandés le ofreció tabaco, como dispuesto a lanzarle la cajetilla por el aire. Fran rechazó la oferta con un gesto de la mano.
“Tengo que dejarlo”, dijo el Holandés, y sonrió: “Me cuesta mucho, pero algún día conseguiré dejarlo”.
¿Dónde estaba Olga?
“¿Y Olga?” preguntó Fran.
El Holandés le miró extrañado, como si fuera una pregunta fuera de toda lógica.
¿Dónde podía estar, sino en la planta de arriba? Fran oyó arriba una puerta. Quizás la puerta del cuarto de baño. Se oyó la presión del agua en las cañerías. Olga quizás había decidido darse una ducha.
“Una mujer estupenda”, dijo el Holandés. “Y muy inteligente”. Le dijo esto señalándolo a él, a Fran, con el cigarro, como si quisiese advertirle de algo.
“Sí, sí que es inteligente”, confirmó Fran.
“Mucho. Una gran mujer. Y es estupendo que tú no seas un tipo celoso”.
No, Fran no era celoso.
“Pero sé medir las distancias”, dijo.
El Holandés no pareció entender. La distancia que los separaba a los dos, a Olga y a Fran. Una distancia que no había dejado de crecer y que ahora se tendía sobre todo un abismo.
“Esa mujer te quiere”, le dijo el holandés.
Qué extraña afirmación, viniendo de esa persona y en esas circunstancias. Quién era él para decidir si Olga le quería o no. De qué serviría ordenarle que se marchara, que se fuera inmediatamente de su casa y de la finca. Volvió a sentir la presión en los oídos, el hormigueo en las piernas, subiéndole hasta la nuca. El grifo del fregadero, en la cocina, volvía a soltar un hilo de agua. Resonaban las gotas en un plato. Fran fue allí y cerró el grifo. Al regresar al salón, el Holandés ya se había marchado. No había rastro de él en el salón. Tampoco olía a tabaco. La lata de cerveza volvía a estar sobre la mesa, sin ceniza.
—¿Has vuelto ya?—preguntó Olga desde el umbral de la habitación, una planta más arriba—. ¿Fran?
Fran, en un impulso, fue a la puerta y salió de la casa. Al recibir el frescor del aire en la cara, el temblor de piernas cesó. El coche de flores seguía en el mismo lugar de antes, aparcado junto a la tapia de la finca. Un Sol naranja se ponía tras las lomas. Por qué había recibido Olga a aquel tipo en su propia casa, en su dormitorio. Si es que lo había recibido. ¿Se estaría confundiendo? Quizás no había puesto un solo pie en la casa. Pero no eran celos. Nunca había sido celoso. Él sólo medía la distancia que los iba separando. Así que era otra cosa. La constatación, hoy, sin verla ni cruzar sus miradas, de que Olga se había ido convirtiendo poco a poco en una desconocida.
La tenía delante, tumbada en la cama, con los pechos desnudos y un cigarrillo en la mano, fumando, pero ahora Olga había cerrado los párpados. El cabello y la piel misma de Olga habían perdido el color; su cuerpo se desvanecía.
Se subió a la furgoneta y arrancó el motor. Los perros. Paró el motor de nuevo y salió. Desató a los perros y les abrió la portezuela trasera. Vamos, amigos, y los dos perros saltaron adentro.
Sobre todo, no volver la vista atrás. Quizás, al oír de nuevo el motor de la furgoneta, Olga se había asomado a la ventana, había desplazado unos centímetros la cortina y miraba. No volver la vista atrás. La curiosidad y la duda pueden convertirle a uno en estatua de sal. Arrancó y salió de la finca, con el mismo cuidado con el que había entrado. Uno de los perros ladró. Condujo calle arriba y por el laberinto de la urbanización hasta la salida. Tomó la vía de servicio y, al llegar a la rotonda, se detuvo.
La cama estaba vacía: sólo la marca del cuerpo de Olga sobre las sábanas arrugadas.
Tres salidas en la rotonda, tres direcciones distintas. No había pensado en el destino. Se detuvo un instante. El Sol seguía descendiendo, tiñendo con todos los matices del naranja nubes de formas caprichosas, desde un amarillo pálido hasta un rojo intenso, fuego. Era un Sol inspirado. Fran aún no tenía nada decidido.
Volvió a oír la voz de Olga en su cabeza, preguntando desde lo alto de la escalera:
“¿Has vuelto ya? ¿Fran?”
Pero ahora apreció en su tono la ternura, la sensualidad, el afecto de Olga. Su voz sí era real.
Aún estaba a tiempo de dar la vuelta en la rotonda y regresar a la casa.
Casi podía oler la piel de Olga, su cuello limpio y tibio. Y sintió sus ojos en sus ojos, preguntándole con la mirada. Esperando una respuesta.
Pensar. Necesitaba pensar.
@ José Marzo
[gestión mundial de derechos
por acvf_la vieja factoría]

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