Nanga Parbat, de David Torres

Novela de aventuras, novela de exploración psicológica, Nanga Parbat, de David Torres, fue publicada por primera vez en 1999 por la editorial de montaña Desnivel. Una buena novela, una novela brillante. Recupero este breve análisis, publicado originalmente en la ya extinta revista La Fábula Ciencia. JM.


Más de ocho mil metros de altitud

Un alud acaba de caer sobre los montañeros. Anunciado por un fragor sordo y continuo, y precedido por un crujido que ha restallado sobre sus cabezas, lo ha seguido una calma absoluta.

Nanga Parbat (1999), de David Torres

Ángel se halla enterrado en nieve, la claridad le rodea, y no sabe si yace boca arriba o boca abajo. «Estaba aturdido, sumido en una blanda confusión que me invitaba al abandono y que bien podía ser la primera caricia de la muerte». Quizá disponía aún de una posibilidad de sobrevivir; primero debía conocer su posición: «Escupí suavemente, contra la nieve, y al poco sentí la saliva caliente goteando sobre mi cara. Eso quería decir que yacía boca arriba».

Este detalle, en el último cuarto del libro, podría marcar un antes y un después. Antes teníamos una buena novela, la historia de unos montañeros que preparan la ascensión a una de las cumbres más altas del Himalaya, una narración seguida con interés por el lector. Pero después nos encontramos en otra novela y a otra altura. Ángel ha decidido luchar por su vida, quiere vivir, y su decisión le hará vivir y conocer. La frontera entre una muerte segura y la vida se cruza con un gesto tan insignificante como un salivazo, sin grandes discursos ni palabras rimbombantes. La última parte del libro se titula «La cumbre», pese a que los montañeros, muertos o heridos, jamás dispondrán de una nueva oportunidad de alcanzarla. Es a otra cumbre adonde David Torres nos va a conducir.

Del mismo modo que existe un maniqueísmo moral que divide el mundo en buenos y malos, también existe un maniqueísmo literario que divide a las novelas en «literatura» y «no literatura». Según este criterio, literarias serían aquellas obras cuyo estilo se fundamenta en la profusión de figuras retóricas, el «juego con las palabras» o la «ambigüedad lingüística» (Francisco Casavella en Babelia, 3 de enero de 2004). Este criterio, sin embargo, parece obviar que en la retórica, el arte de bien decir, más importante que las figuras son la sintaxis y la disposición de los elementos de acuerdo con la necesidad de la historia y de los personajes, la estructura, en fin, todo eso que, cuando se coordina adecuadamente, conduce a lo que podemos llamar eficacia narrativa. En una novela, la calidad formal no se decide sólo al nivel de la palabra, sino también al nivel de la estructura. La calidad de una novela, que es un género narrativo, se distingue precisamente por su eficacia narrativa. Ésta bastaría para seguir leyendo a Tolstói, Jack London o Stefan Zweig, pero también a Julio Verne, Pérez Galdós o Mika Waltari.

Es más arriesgado decir qué diferencia a una gran novela de una buena novela, pues si a la buena novela se la reconoce por su calidad formal, la grande debe añadir a ésta rasgos que sólo pueden encontrarse en el contenido y en otros detalles. No pienso que una gran novela se caracterice por el asunto, la filiación ideológica, los valores morales ni, desde luego, sus simples pretensiones. Tampoco puede ser una mera suma cuantitativa: más personajes, más páginas, más anécdotas. El elemento que convierte una buena novela en una gran novela podría hallarse en la posición y estado intelectual del autor. El autor de una buena novela describe, señala con un dedo el mundo que él mismo ha construido; por eso, su visión no puede dejar de ser parcial, limitada por su punto de vista. El autor de una gran novela nos habla desde el mundo que él mismo ha construido; por eso no expone un punto de vista, sino ese mismo mundo, aun con tanteos y dudas, un mundo en el que se encuentra inmerso y en cuyas aguas tiene que nadar.

Con un sencillo salivazo, David Torres ha empujado a su personaje a una vida después del drama. Nanga Parbat podía haber concluido ahí, con cinco aventureros muertos bajo la nieve, o tres páginas después, con un superviviente que decide olvidar y seguir adelante. Sin embargo, la novela continúa… y crece.

La saliva

Nanga Parbat comienza en un bar de Madrid. Sandra, una muchacha que trabaja como enfermera, ha acudido a una cafetería y se ha sentado a la barra. A su lado, un hombre habla solo. Habla del Nanga, de sus amigos montañeros, de una expedición a la Montaña Desnuda. ¿Cuántas veces nos hemos encontrado a hombres desquiciados como este Ángel del bar? Son vagabundos, locos, a veces tan sólo borrachos en horas bajas. Solemos evitar su compañía, una cháchara que nos incomoda. Sandra no es en esto diferente de nosotros. No concede ningún crédito al soliloquio de Ángel, hasta que ve sus manos, los muñones de sus dedos amputados.

Cuando esto sucede, el lector ya está atrapado en el magnetismo de una lejana montaña, codiciada por los montañeros e implacable con ellos, descrita por una de sus víctimas, que logró salvar la vida y regresar. Merece la pena detenerse en este punto para valorar el riesgo asumido por el autor, que ha escogido a una persona marginal, un inválido supuestamente bebido, como narrador de su historia. La narración se efectúa en un bar. Desde el primer momento, podemos dudar de que lo que se nos da como suceso real, realidad literaria, lo sea verdaderamente y no se trate de una fantasía etílica. Ni siquiera los dedos amputados de Ángel pueden apagar por completo estas dudas. Si Sandra, como nosotros, decide quedarse y escuchar, es porque lo que cuenta Ángel es interesante, y resulta interesante porque también se cuenta bien.

La voz narrativa de Ángel combina el coloquialismo con el expresionismo. Abundan los adjetivos y las expresiones enfáticas: «venció la soledad y el terror y llegó arrastrándose hasta la desolación total, la cumbre del Nanga Parbat, el osario del viento, el lugar más remoto y hostil del planeta»…

La reacción de Sandra, una vez más, es nuestra reacción: «Lo que me faltaba para rematar el día, pensó Sandra, bebiendo su café a pequeños sorbos». Desde el primer momento, el lector jugará a identificarse con esta enfermera cansada y escéptica. Ella será la interlocutora de Ángel. Apenas si intercambiará con él alguna frase, pero lo escuchará pacientemente. Lo que es más importante, con su pelo corto y, pensamos, aire andrógino, se asemeja físicamente a Adrian, un amigo de Ángel, con quien éste parece haberla confundido en su delirio.

Ángel se dirigirá en todo momento a Adrian, un tú ausente reemplazado por Sandra. Desde las novelas epistolares, y pienso en Las amistades peligrosas, no había encontrado una obra que resolviera con tal eficacia la dificultad de la narración en segunda persona. Adecuada para la confidencia, pero coja de confidente cuando éste no se presenta, la narración en segunda persona suele estrellarse en la falta de verosimilitud.

La cumbre

Ángel es un individuo enloquecido. Yo soy incapaz de hacer un diagnóstico, pero ¿de qué otro modo puede calificarse a quien durante una hora confunde a su interlocutor con otra persona? Hay varios motivos que, de creer la historia que él cuenta, pueden haber contribuido a que Ángel haya caído en tal estado: la muerte de sus amigos, la pérdida traumática de sus dedos. Pienso que una y otra por separado, y también combinadas, son insuficientes. ¿Quizá una lesión cerebral debida a las extremas condiciones a las que se expuso en el Himalaya? Nada se nos dice de eso. La vida llega a ser muy cruel con nosotros. Todos, tarde o temprano, hemos perdido o perderemos seres queridos. Muchas personas ven amputados sus brazos, sus piernas, o quedan postradas en silla de ruedas tras un accidente de tráfico. Pero ni la desesperación ni la depresión pueden equiparse con el delirio de Ángel. El ser humano posee una enorme elasticidad, una gran capacidad para recibir golpes y regenerarse, y la virtud de adaptarse a nuevas circunstancias, esa capacidad que los psicólogos llaman resiliencia.

El Naga Parbat, la Montaña Desnuda. Vista de la arista donde se intersectan las paredes Diamir y Rupal. Foto de Adam Jacob Müller (GNU Free Documentation License)

Tampoco el hecho de que uno de sus compañeros de cordada, Adrian, fuera además su amante, bastaría para explicarlo. La homosexualidad de Ángel dota a la narración de algunos rasgos propios, pero no la define ni la determina. Adrian podría haber sido una mujer en lugar de un joven alemán, y tendríamos casi la misma novela; o podría haber sido un buen amigo en el que se deposita plena confianza. ¿Acaso no mantiene Ángel con Vasco, heterosexual, una amistad si cabe más honda?

La amistad y la confianza, quizá aún más que el alimento y el agua, deben de ser valores preciosos en la montaña, donde el error de un compañero de cordada pondrá en aprietos al resto. Si en la montaña todo presenta una escala mayor, también la amistad y la confianza, necesarias en la sociedad, deben ser grandes y sólidas como para soportar en sus hombros el desafío del riesgo y preservar la cohesión del grupo. Precisamente aquí, a miles de metros de altura, donde cinco hombres que apuran el oxígeno y luchan con el viento se vuelven insignificantes, la confianza debe resplandecer más clara y cálida: «… la montaña acelera las reacciones humanas, revela de inmediato nuestras fallas, saca a la luz en cuestión de horas o minutos complejos que en una ciudad pueden encubrirse durante años o decenios o vidas enteras». Nanga Parbat no es el relato de un drama. Bajo el alud accidental no sólo perecen varios montañeros, sino la lealtad que unos a otros se debían. Peor aún, Ángel, que ha visto cómo la ilusión de su amor y su amistad se desvanecía, también ha perdido la capacidad de volver a confiar en nadie más. El corazón puede recibir muchos golpes, pero sólo se rompe una vez. Inválido, Ángel nunca podrá cumplir la palabra que empeñó con Vasco, a quien prometió regresar para recoger su cuerpo. Y, sobre todo, la duda. ¿Murió realmente Adrian? ¿Yace bajo la nieve o se salvó y comenzó una nueva vida? La certeza de la traición permite empaquetarla, pesarla, etiquetarla y, finalmente, expedirla. Por el contrario, la duda no concede reposo y se transmite de una persona a otra, gangrena a quien la padece, hasta que se acaba desconfiando de todos y de uno mismo.

La muerte de los compañeros, la pérdida de los dedos y la deslealtad del amigo, y la duda, siempre la duda, han convertido a Ángel en un loco, la pieza que no encaja en el puzzle de la sociedad. Él mismo no puede volver a tener confianza ni a corresponder la amistad. La lealtad, un fundamento moral de cualquier asociación, se ha desmoronado.

Sandra

Nanga Parbat, esta pequeña gran novela, no es perfecta. En algún momento el estilo de Ángel parece pisar el terreno de lo inverosímil, puede resultar demasiado elaborado para el soliloquio de un loco. Pero ¿no he compartido yo mesa con «dementes» que hablaban como si compusieran poemas? En otros momentos, el texto se centra en Sandra y nos aleja de los montañeros del Nanga. En una novela breve y tan compacta, estos desvíos, de unas pocas páginas, que nos alejan del camino principal pueden conducirnos a parajes menos interesantes. Sin embargo, los párrafos discutibles podrían multiplicarse por dos y Nanga Parbat seguiría alzándose, porque sus virtudes y aciertos son muy superiores.

Sandra, ya lo dijimos, es la interlocutora que permite equilibrar la narración en segunda persona de Ángel. Pero se produce un fuerte contraste entre la historia de los escaladores y su pequeño desengaño amoroso. El propio narrador es consciente del riesgo que asume: … «era curioso que aquella horrible mutilación y su corte de pelo a tijera se correspondieran de una manera oscura y subterránea. Claro, por supuesto, era una estupidez, no había ni punto de comparación» … Pero hay una razón de peso para que Sandra mereciera durante unas pocas páginas cierto protagonismo.

David Torres no podía colgar su novela del vacío a seis o siete mil metros de altura. La tragedia de Ángel no podía haber ocurrido en vano. Sandra no sólo escuchaba, también debía aprender. Ésta es la más fuerte apuesta de Nanga Parbat y por ese fino cable tuvo que avanzar el relato.

Gracias a Sandra, lo que les sucedió a cinco montañeros en el microcosmos de un corredor del Nanga se extrapola a nuestro mundo. De un modo más seguro y humilde, Sandra logrará ascender a la cumbre, y con ella nosotros. Sandra, esta «enfermera fatigada», ha lamido sus heridas y ha desarrollado un carácter autónomo y, queremos creer, leal; es capaz de cuidar de sí misma y de los demás.

Ángel se ha marchado, la cafetería ha cerrado y Sandra ha caminado hasta su casa. Se acaba de deslizar en la cama.

El final es sencillo y hermoso. Dejemos que sea David Torres quien cierre de nuevo Nanga Parbat:

«La cama estaba helada y dentro de su estuche de silencio y oscuridad Sandra se sintió sola, absolutamente, más allá de su soledad, más allá de sí misma. Cerró los ojos, comprendió que no era un lugar físico. Luego se arropó con las frías y blancas sábanas como si se envolviera con nieve, como si se acostase en lo alto de una cumbre inaccesible».

José Marzo, enero-febrero de 2004
La Fábula Ciencia

Nota: el ejemplar de Nanga Parbat fue un regalo de Beata Rozga, entonces editora de Desnivel, con la que José Marzo colaboró esporádicamente durante unos años como corrector de pruebas de libros de historia y técnica de la escalada.

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