El viaje, el premio y el teatro: La Leyenda de los Independientes

En 2021 se cumplen veinte años de unos hechos que no han hecho historia, pero que sus protagonistas recordamos.


Un grupo de viajeros elegidos dio la vuelta al mundo en un avión supersónico. Durante el trayecto, no apartaron sus ojos del televisor ni hablaron entre ellos. Vieron una docena de películas, brindadas por la compañía aérea para amenizar el viaje. Al llegar al punto de destino, que era el punto de partida, los periodistas los esperaban al pie del avión micrófono en mano:

—¿Cuáles son sus experiencias? ¿Qué sienten?

Los viajeros, aún emocionados, pero felices, compartieron con los periodistas los argumentos de las películas.

El mito es que un escritor crea una gran obra, envía el original a un concurso y, puesto que es la mejor novela, el jurado reunido en la sala falla en su favor, la obra se publica, los críticos la elogian, los periodistas la difunden y los lectores la disfrutan.

En la Atenas democrática, los festivales de teatro eran una vez al año el centro de la vida social. Los dramaturgos estrenaban sus obras ante sus conciudadanos, que las votaban y decidían cuál era la que más les había gustado. Grandes obras de Eurípides, que hoy consideramos piezas maestras de la época y de la historia del teatro, no se alzaron con el primer premio. Pero no importa, en aquel clima de diálogo, crítica, pensamiento vivo, los ciudadanos de Atenas seguían debatiendo días después las escenas de Las troyanas, y los ecos de aquel primer estreno que desconcertó y dividió al público han llegado hasta nuestros días.

A principios de 2001, varios escritores minoritarios, unos narradores, otros poetas, coincidimos en la presentación de un libro en una pequeña librería del barrio madrileño de Lavapiés. No recuerdo cómo surgió la idea de constituir una asociación que sirviera de punto de encuentro estable. Había mucha asimetría entre los asistentes a aquella reunión. Unos apenas tenían obra conocida, alguno incluso era más un escritor ocasional que vocacional, otros tenían una sólida formación literaria y hacían y publicaban crítica, otros ya habían publicado y alcanzado cierto reconocimiento, aunque minoritario. Mi caso, visto con distancia, era atípico. Por aquella época, ya había escrito y publicado varias novelas y, además, trabajaba en la industria del libro, como editor de divulgación científica.

Aquella asociación se disolvió formalmente poco más de tres años después, tras convocar y conceder varios premios a obras ya publicadas, hacer actos públicos y organizar debates y mesas redondas en Barcelona y en Madrid. Uno de los premiados fue Miguel Delibes, por su trayectoria y honestidad creativa e intelectual. Pero, por el camino, hubo sobre todo dos hitos.

El primero que recuerdo tuvo lugar en el salón de los cines Alphaville en abril de 2003. Los cinéfilos de Madrid conocen bien estos multicines.

El poeta Leopoldo María Panero, en el escenario, tras una mesa, con un cigarrillo en una mano y un vaso de agua en la otra. En las gradas semicirculares, veinte o treinta asistentes. La charla de Leopoldo se apagaba y comenzábamos a aburrirnos. Poeta creativo, que a veces tocaba cumbres, su capacidad oratoria ya era entonces limitada: vocalizaba con dificultad y sus argumentos se perdían en la vegetación del valle. Sentado a mi lado, un amigo mío, vigilante de profesión, tenía un poemario de Leopoldo en las manos. Simplemente, alzó la voz y leyó despacio un poema, con la entonación justa. Todos volvieron la vista, Leopoldo calló y escuchó, con la boca abierta y un brillo en los ojos.

Creo que no se puede hacer mejor homenaje a un poeta que leer públicamente sus versos.

El segundo hito, en realidad, había tenido lugar en Barcelona dos años antes. Fue en una castiza y amplia cafetería cercana a Las Ramblas. Suscribimos un manifiesto que llamamos Leyenda de los Independientes. En aquel manifiesto, defendíamos una visión de la cultura más parecida al teatro de Atenas y menos a la vuelta al mundo en un avión supersónico. Nos comprometimos a no presentar en el futuro nuestras obras a premios corporativos, sin debate público previo.

Han pasado veinte años de aquel manifiesto, firmado primero por dieciséis asistentes a la reunión, a los que luego se añadieron por correo otras diez o veinte firmas.

Nunca conseguimos que se abriera un debate público sobre un asunto que es decisivo para entender la cultura actual.

Restos del Teatro de Dioniso, a los pies de la Acrópolis de Atenas. Fotografía de Berthold Wemer CC BY-SA 3.0.

Leyenda de los independientes

Liga de Escritores Independientes (LEI)
5 de noviembre de 2001

Los abajo firmantes, unos como miembros de la Liga de Escritores Independientes LEI y otros como simpatizantes, han constatado:

que en la actualidad numerosas editoriales, empresas e instituciones convocan premios de cuantía en ocasiones desorbitada;

que estos premios se deciden a puerta cerrada y sin un debate previo, transparente y público de las obras concursantes;

que los lectores y los críticos especializados carecen por ello de un criterio para valorar la justicia del fallo del jurado;

que esta práctica es corporativista, contraria por lo tanto al derecho democrático;

que se juega con la buena fe de los escritores inexpertos que se presentan a estos premios y desconocen su procedimiento;

que los medios de comunicación dan amplia cobertura informativa y publicitaria a estas obras premiadas y a sus autores, las instituciones las apoyan, los distribuidores las difunden y los libreros las exponen en sus escaparates;

que estas obras, escogidas, promocionadas y comercializadas con criterios corporativistas, hurtan espacio público a obras de calidad superior susceptibles de ser objeto de una lectura crítica y de propiciar un debate sobre su calidad estética y sus contenidos;

que esta práctica es tan sólo la parte visible de un iceberg de corrupción cultural, concentración de empresas editoriales, medios de comunicación, empresas distribuidoras y cadenas de librerías, con la connivencia de las instituciones, y cuyos objetivos prioritarios son la rentabilidad económica y el control cultural y no la calidad de la cultura.

Por todo ello, expresamos:

nuestra disconformidad con este estado de cosas,
nuestra determinación de enmendarlo.

En consecuencia, declaramos:

nuestro compromiso individual a no presentarnos nunca más desde el día de nuestra firma a ningún premio que reúna estas características y a no aceptar aquellos que se concedan con similar falta de transparencia, a no contribuir a su difusión, promoción ni comercialización, a atender únicamente a los valores, tanto estéticos como de contenidos, de las obras literarias, y a orientar nuestros esfuerzos hacia un futuro de cultura ciudadana viva, plural, contestataria, transparente y de calidad.

[firmaron la mayoría de los presentes]


Primeros 16 firmantes de la Leyenda de los independientes (por orden alfabético):

Francisco Bonal (LEI), Rafael Bueno Novoa (Vizcaya), Daniel de Culla (Burgos), Luc Demeuleneire (LEI), María Domínguez Dubón (Girona), Victoria García (Barcelona), Albert Gasulla (Barcelona), Margarita Gracia Sanz (Valencia), Mari Carmen Imedio (LEI), Rafael Marín (Valladolid), José Marzo (LEI), Clandestino Menéndez (LEI), Luis Otero (LEI), Manuel Pliego (Barcelona), Alejandro Rodríguez (Barcelona), Julián Sánchez (LEI).


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